Cuando trabajar viejo, pobre y enfermo ya no es excepción… sino norma
Por Luis Y. Ríos-Silva, Especial El Sol PR
Catedrático – Universidad del Sagrado Corazón
En silencio y sin mucho alboroto, algo ha cambiado en la imagen cotidiana del país. Quienes caminan por los pasillos de supermercados o tiendas de conveniencia notan, quizás sin sorpresa, a una mujer de cabellos blancos recogiendo carritos en el estacionamiento. O a un hombre mayor, la espalda encorvada, acomodando productos en una góndola o empacando con lentitud en la caja registradora. Tienen más de 70 años. Y están trabajando.
No se trata de un programa de voluntariado ni de una historia de superación. Es necesidad. Una necesidad que se multiplica.
Según el Bureau of Labor Statistics, más del 20 % de los adultos mayores de 65 años en Estados Unidos sigue trabajando. Y en Puerto Rico, aunque la cifra no se destaca en los titulares, basta mirar alrededor para entender que el patrón es el mismo. Nuestros mayores no se están retirando. Están volviendo a la fila… y no por gusto.
Varios factores se han combinado para hacer de esta realidad algo cada vez más común. La edad para recibir el Seguro Social se ha extendido. Los fondos para Medicaid se recortan. Los inmigrantes que solían ocupar ciertos empleos ya no están, perseguidos o desincentivados. Y mientras tanto, la inflación hace que incluso una pensión modesta no alcance para cubrir lo básico. El resultado es un país que, en lugar de proteger a sus mayores, los obliga a competir por empleos precarios para poder pagar sus medicamentos o mantener su hogar.
En Puerto Rico, la urgencia es mayor. Ya se proyecta que para el año 2030, más del 35 % de la población será mayor de 65 años. Somos, junto a Japón e Italia, uno de los países con mayor envejecimiento poblacional del mundo. Y lo enfrentamos sin los mismos recursos, sin la misma estructura de servicios y sin las herramientas fiscales de los estados.
Además, el 47 % de los puertorriqueños depende de Medicaid o su versión local, Plan Vital. Muchos de estos beneficiarios son personas mayores, que a menudo tienen que lidiar con condiciones médicas crónicas. Con los recortes federales en camino, se corre el riesgo de dejar a esta población en un vacío de atención, justo cuando más lo necesitan.
No se trata de cuestionar el valor del trabajo ni de romantizar el retiro. Hay quienes desean mantenerse activos, y tienen la salud y el entusiasmo para hacerlo. Pero también hay quienes lo hacen con dolor en las rodillas, con pastillas en el bolsillo y con miedo a no poder pagar el agua si faltan un solo día. Ellos no están eligiendo. Están sobreviviendo.
Como sociedad, debemos detenernos a mirar esta realidad con compasión y con conciencia. No basta con aplaudir la “fuerza de voluntad” de nuestros mayores si no estamos dispuestos a construir un sistema que les permita descansar con dignidad.
Envejecer no puede convertirse en una condena laboral. Nuestros abuelos, nuestros vecinos, nuestros exmaestros… merecen algo mejor que eso.
