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El jíbaro sin arrugas: cuando la juventud cultiva la tierra

El jíbaro sin arrugas: cuando la juventud cultiva la tierra
Por Wilsy Ferrer | Especial para El Sol
En los últimos días, el término jíbaro ha vuelto a ser tema de conversación en Puerto Rico. Ya sea por orgullo cultural, por una tendencia reciente o simplemente por la cercanía de las celebraciones de la puertorriqueñidad, la palabra vuelve a resonar con fuerza. Pero más allá del sombrero de paja, o la típica vestimenta de antaño, ser jíbaro encierra mucho más que una imagen folklórica: ser jíbaro es una conexión profunda con la tierra.
En medio del debate sobre qué define al jíbaro -si la edad, el atuendo o la música que escucha-, hay una verdad que no se puede obviar: el jíbaro vive donde florece la tierra. Por eso, hoy quiero hablarles de una historia que confirma que los jíbaros no han desaparecido. Existen. Siguen aquí. Y no todos llevan arrugas.
Esta es la historia de Jilson Ferrer , un joven agricultor y ganadero del campo de Guayanilla. Desde pequeño, rodeado de ganado, cultivos y relatos de su abuelo, Jilson fue heredero no solo de una finca, sino de una forma de vida. En un acto de voluntad propia, comenzó a sembrar. Con el tiempo, se especializó en el cultivo del ají dulce, ese ingrediente sagrado del sofrito puertorriqueño, tan nuestro, tan irrepetible.
Jilson no se quedó ahí. Aprendió, experimentó, dominó el arte de cultivar ají dulce con calidad, y luego compartió ese conocimiento con otros agricultores a través de sus talleres. Su trabajo en la Finca La Maravilla —herencia familiar- lo ha convertido en uno de los principales productores del sur. Su ají ha llegado, sin que muchos lo sepan, a las mesas de cientos de familias, transformado en sofrito, en sabor, en identidad.
Pero Jilson no es un caso aislado. Como él, hay otros jóvenes que también apuestan por la tierra: Wesley, Luis, Leonardo, Alberto… jóvenes jíbaros del siglo XXI. Tal vez escuchan trap en sus audífonos o visten con camisetas urbanas, pero al igual que sus abuelos, entienden el valor de sembrar. Son parte de una generación que, sin pretensiones, está sembrando el futuro desde la raíz.
La historia del jíbaro no siempre se canta. A veces se ara, se siembra, se riega. La historia del jíbaro se cultiva.
Y si aún hay quien duda de que los jíbaros existen, que mire hacia el sur, donde una generación sin arrugas ni pava está haciendo brotar, desde la tierra, una de las verdaderas formas de ser puertorriqueño.

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